martes, 24 de diciembre de 2019

la verdad

                                                                 PRÓLOGO


Ella era hermosa. Yo la observaba a través de los espejos, sobretodo cuando llegaba a casa, cansada, sin ganas y se despojaba de todo aquello que la había estresado y amargado durante el día. Ella siempre estaba hermosa pero en ese momento en que se desnudaba rápidamente y por fin suspiraba de alivio... Justo ahí, se veía reluciente, en cada partícula de su piel blanquecina, y se metía a la cama con una sonrisa de tranquilidad absoluta. Mientras yo me preguntaba cómo era capaz de no pensar en nada más que en ese momento plácido al quitárselo todo y acurrucarse en su cama aún sabiendo que al día siguiente, al despertar, volvería a meterse en esos pantalones de traje que la llevarían al mismo estrés del día anterior, y así cada día.
A las siete suena su despertador, un sonido horroroso perfecto para saber el día que la espera. Se frota la cara con desgana, se atusa el pelo un poco y se sienta frente a mí, me mira fijamente y tuerce esos labios carnosos y secos en una mueca de asco. La verdad que al despertarse su pelo parece más una escobilla que pelo, en eso la entiendo. La siguiente rutina es fácil, una ducha caliente pero justo antes de apagar el grifo se da un chapuzón de agua fría para terminar de espabilarse. Se escurre el pelo y vuelve a ponerse frente a mi. Me mira, de arriba a abajo, está mojada y desnuda frente a mí pero esta vez sonríe, o eso parece. Le gusta lo que ve, un cuerpo esbelto, tal vez demasiado blanco pero bonito. No suele usar toalla, se sienta y espera a secarse sola, después se hidrata la piel con cremas y vuelve a esperar a secarse para poder vestirse sin sentirse asquerosamente pegajosa. Nunca sé que está pensando, pero a veces me lo puedo imaginar, mientras se queda ahí esperando, mirando la pared, ojalá lo supiera, ojalá pudiera sentir algo de lo que ella siente cada día para poder comprenderla mejor... Para terminar el ritual de la mañana, un toque de maquillaje para disimular las ojeras y resaltar los labios tan preciosos que tiene, con un color a juego con el traje.
Al salir de casa la pierdo unos minutos hasta que pasa por el escaparate de siempre en el que se para a mirar los anillos de compromiso que nunca tendrá, pero que sonríe al verlos como si se imaginase el momento en el que llega alguien a su vida que se lo proponga. Un segundo después vuelve a su mohín gesto de cada mañana y continúa su camino.
Nos volvemos a encontrar en el bar de la esquina, a unos dos kilómetros de casa, donde siempre se pide un café doble mocca extra de cafeína, mientras me mira por encima de la barra ignorando al resto de personas, como escrutando cada defecto de mi cara, como si me pidiera explicaciones de por qué soy así.
- Son 2'30€, por favor.
Y así vuelve al mundo que la rodea y se olvida de que existo una vez más...
Caminando con paso firme, la cabeza alta, el café en la mano derecha y el maletín del trabajo en la izquierda. Nunca deja de mirar hacia delante cuando va concentrada, supongo que pensando en lo que le sucederá hoy en el trabajo. O tal vez piense en escapar de todo eso, toda la rutina, todo el estrés...o puede que simplemente no piense en nada... La calle está abarrotada, pero ella nunca mira a nadie, tiene fijo su camino en la mirada y no se desvía, a veces me da miedo de lo inhumana que llega a parecer. Pero yo, que ni siquiera sé lo que ronda su cabeza, puedo sentir su humanidad, su lado frágil, su lado fuerte, su lado alegre y sobretodo cuando está al borde del precipicio...
Una vez, la vi, mirando al vacío, con lagrimas en los ojos, parecía destrozada... Pero eso fue hace unos años, desde entonces no ha vuelto a pasar, no ha vuelto a llorar, ni a reír. No ha vuelto a sentir. Se lo prometió a ella misma...y a mí.




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