martes, 8 de julio de 2014

¿por qué seré tan sádica?

  Hachas chorreando sangre surcan mi mente, invadiendo mis pensamientos, cortando de raíz toda cordura y moralidad. Sentada en la silla de un aula color amarillo viejo observo a cada persona, cada rostro soñoliento que me rodea mientras una profesora, que no deja nada a la imaginación con sus pezones puntiagudos y con su césped sin podar, explica las funciones parametricas. Imagino con cada uno de ellos una forma diferente de acabar con sus bonitas y desperdiciadas vidas. Veinticuatro personas en total, veinticuatro maneras diferentes de matar, veinticuatro ocasiones para desahogar mi furia, mi rabia y mi locura.
  Escojo a la primera, la que iniciará todo. Su largo pelo recogido en una coleta cae sobre una sudadera azul, me pide a gritos que la agarre y tire de ella hasta arrancarle todos y cada uno de sus lisos cabellos, llevándome con ellos un chillido espeluznante que hace que me recorra un escalofrío por la columna vertebral, pero no de horror, sino de placer, y junto con la piel de su cráneo y de su cara, dejo su cabeza en carne viva para después incidir con la punta de un bolígrafo una y otra vez hasta dejarla tan agujereada como un colador chorreando sangre...hasta morir.
  Voy a por la segunda. En primera fila, atenta y tan mona como una niña buena, siempre tan santita. Cuando abre la boca sale un agudo sonido chirriante que te taladra el cerebro igual que cuando arañan una pizarra, y desata mi furia. Me acerco a ella y me pongo justo delante para verla bien. Empujo su pequeña cabecita hacia atrás dejándola con la boca bien abierta. Observo su cara, consternada por la duda de si tener miedo o chillar para que la deje en paz, y mi mano derecha se introduce, de un golpe limpio, certero y húmedo, en su garganta hasta llegar a las cuerdas vocales, agarrándoselas y arrancándoselas. Mientras saco la mano clavo las uñas en su garganta, desgarrandola. Y así muere, ahogándose en su sangre, atendiendo en clase de matemáticas y sin volver a molestar a nadie con su odiosa voz.
  Turno de la tercera, primero acabaré con las zorras. Sentada al lado de la ventana.  Mi mente me regaña: "eso es algo muy sencillo y aburrido, tu eres capaz de más". Está mirando aterrada lo que le acaba de suceder a sus amigas. Me pongo a su lado pero hace como si no sintiera mi presencia. Empiezo acariciando su nuca suavemente para después sujetarla con tanta fuerza que le dejo la marca de mis huellas dactilares en su blanca piel. Le estrello la cara contra las dos anillas del archivador, abierto en su mesa, sin llegar a ser mortal. Saco su cuerpo ,sin que oponga resistencia, por la ventana, mirando su cara demacrada y cierro a la altura del cuello dejándola allí colgando. Lo que sea antes, desangrada, asfixiada o precipitándose desde el tercer piso del instituto.
  Miro la pared del fondo, las perchas de la clase. Me acerco y las descuelgo, dejando así los ganchos anclados que las sujetaban a primera vista. Es perfecto. Todos mis compañeros están perplejos y asustados, parecen un poco agitados pero no entiendo el porqué, todo aquello, es un hermoso paisaje para fotografiar. La siguiente lleva unas uñas tan falsas como ella misma. Saco mis llaves de casa del bolsillo y voy hacia ella, esquivando a los chavales que han empezado a dar vueltas por la clase pensando que hacer para salir de allí. La cojo de la mano despacio, con delicadeza y parece calmarse un instante, justo antes de que empiece a arrancarle las uñas falsas junto con las de verdad usando las llaves como palanca. Cuando he terminado con cada uno de sus deditos de pianista la arrastro asta la pared donde antes lucían las perchas y ya solo quedan ganchos. La levanto del suelo por el cuello, dificultando su respiración, acelerando su corazón... y clavo el gancho en su nuca. Colgada como un abrigo de piel de imitación, lo que ella siempre fue, una vulgar imitación.
  Continúo con uno de los chiquitines, el más pequeño de la clase, el que nunca ha roto un plato. Tirarle al suelo me resulta bastante sencillo. Agazapado cual ratón asustado ante un gato, le asesto una patada en el estómago y coloco una de las patas de su mesa en la sien de éste. Pongo una silla a unos dos centímetros y me subo. Un salto sobre la mesa y ya tenemos un pincho moruno de cabecita de crío.
  Con las paredes y el suelo manchados de sangre y sesos me giro despacio, aun sobre la mesa, justo al lado del peque está el chulo y creído de la clase, el futbolista que se pasa el día diciéndonos a las chicas que se la chupemos. Es el siguiente. Salto al suelo, tirando su mesa hacia adelante, le agarro de la camiseta y le pongo en pie. Su cara de pánico me calienta la sangre, le miro de arriba a abajo y me agacho. Le bajo los pantalones y su cara se transforma en sorpresa y asombro; le bajo los boxers y por mucho que lo intente ocultar los dos sabemos que esta situación le ha calentado casi tanto como a mi. Aquí está, su cosita tan chiquita y tiesa, esa que tanto pedía que le diésemos un poco de marcha. Pues vamos a ello. Agarro como puedo esa cosa diminuta y me la introduzco en la boca, alzo la vista, lo está gozando. Muevo la cabeza, adelante y atrás, más rápido hasta que noto que se va a correr, "que poco aguante" pienso divertida. Me la meto entera en la boca y saco los dientes, un mordisco y gritos de dolor. Aun con la boca cerrada me pongo de pie y delante de él, de su mirada de horror y espanto, escupo asqueada el miembro de ese ser que se ha reducido a nada, tirado en el suelo con los pantalones por los tobillos, lloriqueando cual niño pequeño pidiendo que le den de comer. Toda su sangre derramándose por donde debería estar su polla.
  Es una imagen graciosa, cinco adolescentes muriendo, una culpable, diecinueve personas presentes y nadie me mira, ¿será por miedo a ser el/la siguiente? Es como si no me vieran, pero si ven lo que hago...En fin... cosa rara.
  Séptimo. Es rumano, rubio y con unos ojos preciosos, azules verdosos, y a cada momento más bonitos al estar llenos de temor, brillan más. Salgo de clase, recorro rápidamente los pasillos, vacíos en hora de clase, bajo las escaleras y entro en la cafetería del instituto. Le pido una cuchara a la chica que está atendiendo pero no me hace caso, va a ser que hoy nadie me ve... Enciende la plancha, un chorrito de aceite, está preparando los bocatas de bacon para el recreo. Me acerco a ella, que rico huele... Me gusta su pelo, lo acaricio y se pone a temblar al notar el contacto de mi mano y su nuca, con la mirada fija en la plancha presiono su cara contra el aceite hirviendo, frío su cara hasta que deja de luchar por quitarse de ahí. Yo diría que ha tenido una muerte grasienta.
  Busco en los cajones y encuentro lo que había bajado a buscar. De regreso a clase todo el ambiente parece estar cargado de mal royo, todos tienen los ojos llorosos y murmuran cánticos casi inaudibles, pareciera que están rezando. Localizo al número siete, vuelvo hacia él. Parece estar más sereno que los demás, más tranquilo. Coloco la cuchara en la cuenca de su ojo derecho y aprieto, hago palanca, y con un sonido pegajoso y húmedo, como el de cuando una burbuja de jabón muy grande explota, sale y queda colgando de nervios y demás cosas. Su grito es desgarrador, pero con el ojo izquierdo ya no, no tiene tanto aguante como pensaba yo, o se ha desmayado o se ha muerto del dolor. En cualquier caso me da igual, agarro los globos oculares y se los acabo de arrancar para guardármelos en el bolsillo.

Continuaré...

  Mi octavo es uno de mis compañeros de clase a los que soporto, se podría decir que es un amigo, es un chico al que le gusta el sado y tiene un humor muy negro. No por caerme bien su muerte va a ser menos dolorosa, obviamente. Está apoyado en la pared, mirando el panorama y riéndose de la situación, pobre ingenuo que se cree inmortal. Cojo un lápiz, el más afilado que encuentro, le quito la camiseta e incido clavándoselo en el torso tantas veces que podría abrirlo como un simple armario, así que lo hago. Suelto el lápiz y clavo mis dedos en los orificios creados anteriormente, solo con hacer un poco de fuerza consigo mi propósito.
  Es tan hermoso un torso humano por dentro... Borboteando sangre, el corazón dando sus últimos latidos, rápidos y fuertes, las tripas, los intestinos... Agarro el primer órgano que pillo y lo arranco para acto seguido tirárselo a la cara de la profesora que mira atónita todo lo que sucede a su alrededor.
  Un chico listo, con potencial, simpático, amable...¡VOMITIVO! Él será mi novena víctima. Miro al suelo y ahí está, la polla flácida y sangrante del chulo, ¡ya lo tengo! Bajo corriendo al cuarto del conserje, agarro la cinta aislante y vuelvo a clase, que extrañamente sigue todo igual que cuando salí pero yo a lo mio. Recojo del suelo el trozo de carne y me dirijo hacia el chico del futuro brillante que jamás se llegará a cumplir. Le agarro la mandíbula cual abuela cuando ve a sus nietos y le abro la boca, se la encajo en la garganta sin llegar a quitarle la respiración. Sus ojos expresaban tanto pánico que casi llego al orgasmo sólo de verlo. Cinta en la boca y continúo un poco más abajo, en las manos, para que no se la quite.A pesar de sus intentos de que no le tocase más, le consigo agarrar, dándole la espalda, con su brazo derecho entre mis piernas y el izquierdo en mi poder comienzo a partirle, uno por uno, cada dedito, escuchando con atención cada chasquido e intento de grito sofocado, a cada hueso roto noto cada vez más fuerte las arcadas que le vienen, hasta que, antes incluso de llegar a poder terminar con la primera mano, muere con su tremenda agonía en su propio vómito.
 El vasco, considerado "el más bruto" del aula, me acerco a él, observo su cara de asombro y miedo al ver a sus compañeros, se oye su castañeteo de dientes hasta en el pueblo de al lado, lo más curioso es que nadie me mira a mí, es como si sólo me pudieran ver cuando les voy ha hacer algo... Le engancho de la ropa y entonces me mira, de tal manera que bajo la mirada, y ¿cuál es mi sorpresa? ¡que se ha meado en lo pantalones!
 - JAJAJAJA ¡¡MIRAR AL TÍO DURO!! NO ME LO PUEDO CREER
Le lanzo contra la pared, no cuesta mucho puesto que a pesar de medir uno setenta está más delgado que una modelo de Victoria´s secret, repito el paso anterior solo que esta vez, en vez de mandarlo a la pared, lo tiro contra el techo haciéndole chocar contra los fluorescentes, deberíais cerrar los ojos e imaginaros esta escena con todo lujo de detalles, las chispas que salieron haciendo leves quemaduras en su blanca piel, la sangre y el sonido de todo su cuerpo rompiéndose golpe a golpe...Sus gritos ya casi inaudibles no me divertían, así pues decido terminar con su estertor lanzándole contra el radiador, rebanándole justo la tapa de los sesos.
 Creo que voy ha admirar el espectáculo desde lejos un minuto, me acerco hacia la zona de las perchas para tener una vista amplia y con perspectiva. Es hermoso, ni el mismísimo Goya podría reflejar tanta locura, belleza y sangre en un cuadro. Me vuelvo a girar hacia las perchas y medito durante unos segundos, tengo otra idea que me seduce. Descuelgo las perchas y, tal y como pensaba, hay dos ganchos bien hermosos y oxidados con la punta hacia arriva...











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